El Che y Walsh: los más leídos en las cárceles. Los presos de todas las edades se abocan, además, a la lectura de la Constitución Nacional, el Código Procesal y la Biblia. Las mujeres eligen historias románticas, textos de autoayuda y también poesías. En los penales coinciden en que la lectura los apacigua y los ayuda a bajar los niveles de violencia cotidiana. Muchos aprendieron a leer en el encierro. Por Brenda Focas.
Escape. Leyendo, los reclusos dejan volar su imaginación y suman conocimiento. Los libros provienen de donaciones y de regalos de familiares.
Las campañas del Che Guevara, las tropelías policiales de Operación Masacre, los Códigos Penal y Procesal, más las decenas de intentos de fuga del mítico prisionero francés Papillon son los títulos preferidos en las cárceles argentinas. Algunos terminaron detrás de las rejas antes de aprender a leer y, luego de cursar estudios primarios y secundarios, ante la carencia de todo menos de tiempo, muchos presos se transforman en verdaderos fanáticos de la lectura. “El primer libro lo leí acá adentro y fue un cambio muy grande para mí. Desde entonces asiduamente leo novelas, mi preferida es Operación Masacre”, cuenta Cristian, desde la Unidad 31 de Florencio Varela. Allí tienen tres bibliotecas y distintas actividades culturales como pintura o sastrería, en las que los internos pasan gran parte del día. El bibliotecario Roberto Agüero cuenta que lo que más les interesa a los reclusos son el Código Penal y el Procesal. “Muchos, por su situación, quieren saber cuáles son sus verdaderos derechos. Yo mismo estoy escribiendo un libro sobre las diferencias entre el derecho formal y el real”, dice entusiasmado.
En un lugar donde el tiempo es eterno y los días no logran diferenciarse unos de los otros, escaparse es una idea constante. Por eso también hay quienes se interesan por las obras de ficción, como Luis Fernando Iribarren, que además de leer varias novelas al mes participa de un curso de literatura, escribe cuentos infantiles y está preparando su autobiografía. “Para mí es una táctica para escapar de la rutina de todos los días y para poder expresarme, al menos en mis papeles”, confiesa. Aníbal Ruiz, director de la Unidad 31, reconoce que las actividades culturales mejoraron el ánimo y en muchos casos bajaron el nivel de violencia: “Algunos internos que registraban mala conducta evolucionaron favorablemente después de abocarse a la lectura durante meses o hacer la escuela secundaria”, cuenta.
“Leer me abrió la mente y fomentó que tenga más curiosidad por el afuera. Siempre le pedimos al bibliotecario que nos recomiende algún policial o cuento de ficción. En vacaciones vamos a recorrer los pabellones con una biblioteca ambulante, para que los que por timidez o resentimiento no se acercan tengan también la posibilidad de descubrir esta veta”, cuenta Gustavo Da Silva, interno de la cárcel de Magdalena y estudiante de Periodismo. Y agrega: “Estoy convencido de que la lectura calma a las fieras, tranquiliza mucho. Mis compañeros se transforman en otras personas cuando estudian y leen, tienen otros temas de conversación, y hasta cambian la gestualidad”.
La mayoría tiene su primer acercamiento a la lectura cuando decide hacer la escuela secundaria o embarcarse en una carrera universitaria. Las más elegidas son Derecho, Sociología, Periodismo y Economía.
Régimen abierto. A partir de 2005, el sistema penitenciario vivió reformas sustanciales para la vida de los internos, como la edificación de más unidades y la apertura de espacios de conocimiento que antes no existían o estaban restringidos a la buena conducta.
Hoy, pueden gozar desde un torneo de fútbol hasta concursos de literatura o exposiciones de pintura, donde cada uno tiene la posibilidad de mostrar sus habilidades.
“El trabajo que hacemos es, además de promocionar la lectura, formar a los bibliotecarios para que colaboren en el incentivo de la lectura”, explica Mateo Niro, coordinador del Programa Bibliotecas para Armar de la Cárcel de Devoto. “Cuando se sacan de encima el tema de la causa, se abocan a los libros, muchos para ganar tiempo más que para matarlo”, agrega.
A diferencia de los hombres, para las mujeres, la delicia de la lectura pasa por una buena historia de pasión, libros de autoayuda, novelas históricas y también la poesía, que gana adeptas si es amorosa.
“La mayoría de las compañeras que retiran un libro vuelven contentas y piden recomendación de otras lecturas. Luego de la etapa de desazón viene el acostumbramiento, en el que es bueno tener un libro cerca”, dice Liliana Cabrera, bibliotecaria de la cárcel de Ezeiza que esta semana participará del proyecto Yo no fui, una muestra de arte de reclusas que se realizará en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Ellas además prefieren a Cortázar, Borges o Arlt pero también se entusiasman con autores foráneos como Stendhal, Kafka y Agatha Christie.
“La literatura me ayudó para poder soportar los conflictos cotidianos que surgen en la convivencia e imaginar que viajo a lugares lejos de este encierro”, cuenta Cabrera, que escribió varias poesías.
Un ex ladrón devenido en escritor
“He leído más de 6 mil libros en la cárcel, uno por día. En las unidades que estuve traté de estar cerca de las bibliotecas, una vez que agarré el hábito se transformó en un modo de supervivencia ahí adentro”, cuenta Pedro Palomar, que recuperó su libertad en agosto de este año luego de pasar treinta años en la cárcel. Palomar es contundente a la hora de afirmar que la lectura le cambió la vida. “Cuando me inicié en la literatura tenía dos caminos: suicidarme o leer, estaba realmente perdido”.
Recientemente, publicó su autobiografía, Mi vida como ladrón, editado por Planeta, donde cuenta las peripecias y desventuras que vivió desde la primera vez que robó hasta que el día que salió de la prisión.
También dice que escribió otros cinco libros que espera que alguna vez sean editados.
Este ex ladrón de bancos, a pesar de haber estado en casi todas las cárceles del país y de haberse fugado varias veces, ninguna de sus condenas fue por actos violentos, ni por asesinatos, ni secuestros. El se jacta de “jamás haberle disparado un tiro a nadie”. Eso no lo exculpa, pero, como dice Pedro, tampoco lo convierte en un “sátrapa”. “Fui un ladrón con códigos, a la antigua, un romántico. Ahora no robo más”. Y agrega convencido: “La literatura me abrió una ventana hacia la sociedad. Me gustaría vivir de la escritura porque me parece, humildemente, que tengo madera para esto”